Monday, January 01, 2007

Trastornos alimentarios y construcción de identidad

El presente artículo apareció publicado en el libro coordinado por Natividad Corral,
Nadie sabe lo que puede un cuerpo, Editorial Talasa, Madrid, 2005, págs. 121-145.

JERARQUÍAS CORPORALES, DISCURSOS CIENTÍFICOS Y CONSTRUCCIÓN DE IDENTIDAD EN LOS TRASTORNOS ALIMENTARIOS. UN ACERCAMIENTO SOCIOLÓGICO

José Luis Moreno Pestaña


En lo que sigue[1], esbozaré un retrato sociológico de dos personas, clasificada una como anoréxica y otra como bulímica. Ese retrato me ayudará a presentar tres cuestiones. En primer lugar, me detendré sobre la cuestión del “comienzo” de la “enfermedad”, interesándome por la manera en que ambas personas han elaborado dicho comienzo. Seguidamente, en segundo lugar, mostraré las condiciones sociales de posibilidad que permitían las carreras sociales desviantes de estas dos personas. Para ello, pondré en relación estas condiciones sociales de posibilidad con la “cultura somática”[2] incorporada de ambas. En tercer lugar, para finalizar, presentaré un breve panorama de discursos especializados sobre los trastornos del comportamiento alimentario. Pese a que dicho panorama tendrá trazos muy gruesos, me servirá para incidir en cómo tales discursos se insertan en el trabajo de producción de identidades realizado por las personas que estudio.
He escogido los testimonios que presento porque me ofrecen la oportunidad de hacer jugar el análisis en un espacio de variaciones que considero sociológicamente relevante. En primer lugar, se trata de dos personas situadas en momentos distintos de un trabajo terapéutico lo que modifica notablemente la percepción de su trastorno. En segundo lugar, son dos personas de origen social diferente, aunque no están separadas por una distancia social enorme. Esto me permitirá mostrar la procedencia de los matices sociológicos en la construcción de los datos de investigación y, por ende, el rendimiento analítico de una sociología del cuerpo -y de las clases sociales- empírica y no especulativa[3]. La tercera variación que me interesa es comparar a dos personas que se encuentran en dos carreras diversas: la carrera “anoréxica” y la carrera “bulímica”. Esta tercera variación no es independiente de la segunda: las carreras anoréxicas y bulímicas están socialmente jerarquizadas y la entrada y el “compromiso” –se comprobará que esta palabra no es un exceso retórico por mi parte- en cada una de ellas produce rendimientos simbólicos muy diferentes. Un sistema de categorías clínicas ha conformado la vida de esas personas. Ese sistema de categorías no forma parte de un dispositivo de etiquetaje homogéneo del que esas personas serían víctimas pasivas[4]. Una de ellas ha utilizado ese sistema de etiquetaje para construirse una específica trayectoria. Creo que algunas buenas lecciones sociológicas, pueden extraerse de dicha trayectoria.

1. EL RELATO DE LOS ORÍGENES

1.1 Prácticas desviantes y prácticas patológicas

Ana vive en una ciudad industrial media en decadencia. Cuando nos conocimos llevaba una camisa blanca ceñida, unas botas de cowboy y unos pantalones ajustados. Mientras esperábamos el café que una amiga común nos preparaba, Ana me preguntó mi opinión sobre la inauguración de un gran centro comercial en la ciudad donde vive y donde se celebraba la entrevista. Le devolví la pregunta y me respondió: “¡Es genial, estoy loca por ir. Me hubiera encantado trabajar en él!” Recordé que el centro es conocido por un proceso de selección de vendedores y vendedoras en el que parecen desempeñar un papel importante las características físicas de vendedores y vendedoras[5]. Ana acompaña la conversación de gestos muy vivos y de continuas referencias irónicas que buscan la complicidad de sus interlocutores.
Ana es la mayor de dos hermanas. En el momento de la entrevista había cumplido 20 años. Toda su familia nació en la ciudad en la que se desarrolla la entrevista. Ana repite constantemente que la situación es un poco embarazosa para ella, debido a la popularidad de su familia. Su abuelo paterno era el conocido propietario de un pequeño comercio familiar. La familia de su padre se componía de tres hombres: dos de entre ellos hicieron estudios universitarios y el otro heredó el comercio. El padre de Ana estudió ciencias económicas. En la facultad conoció a la madre de Ana, también licenciada en económicas. La familia materna era una familia obrera. Ana tiene un tío materno que estudió también en la universidad.
Después de casarse los padres de Ana crearon un gabinete de consejos a las empresas. Hoy dos asalariados se ocupan del despacho. El padre ocupa un alto cargo como asalariado en la empresa privada mientras la madre se lanzó a la política en las filas de un partido regionalista que adquirió un cierto poder en el gobierno de la comunidad autónoma. En el momento de la entrevista, la madre de Ana era responsable de la delegación provincial del departamento controlado por su partido en el gobierno autónomo.
Ana estudió en un colegio religioso de la ciudad que durante años fue el distintivo de las élites locales. Aunque siempre acogió a hijas de familias de clase trabajadora, el colegio y su uniforme azul era el símbolo de lo que los jóvenes de origen popular llamaban las “niñas pijas”. Hoy el colegio ya no es exclusivamente femenino y a juzgar por los comentarios de conocidos el mosaico sociológico de su reclutamiento es cada vez más amplio. No obstante, la hermana de un amigo –que tiene hoy 26 años y es hija de un empleado de banca con fuertes vínculos religiosos- describe el colegio como un lugar “terriblemente clasista donde cada uno tenía un lugar según su familia de origen”. Una compañera de la universidad –que fue también antigua alumna- cuenta que las clases estaban organizadas con el objetivo de aislar a los alumnos más dotados económica y culturalmente de las “malas influencias”.
Si ese es el funcionamiento real del colegio –algo que no estoy en condiciones de confirmar-, Ana no cayó en el buen lugar. Pese a sus buenos recuerdos, estuvo siempre en las clases “de todos los gamberros que siempre me llamaban gorda. Me sentaba fatal. Es para mí el peor de los insultos. Peor todavía que puta. Prefiero que me llamen puta, sé que no lo soy, pero gorda... Es el peor insulto que le pueden decir a una persona que es... que es...”.
Ana no se considera una buena estudiante y en ese sentido su trayectoria obligó a corregir a la baja las expectativas familiares. Sólo le gustan las lenguas extranjeras: “He ido a París y a Londres. Mis padres me enviaron. El inglés, magnífico, el francés también y me encanta el italiano. Me gustaría estudiar turismo por las lenguas. Bueno, cuando era pequeña la idea era estudiar económicas como mis padres...”.
Ana recuerda muy bien la primera vez que vomitó de una manera “voluntaria”, pero como se observará el relato dista mucho de ofrecer una línea de análisis simple: “Comencé porque una amiga perdió peso usando laxantes. Ella también vomitaba y hacía un montón de tonterías, aunque no lo reconoce. Era el momento en que yo estaba más gorda... Tenía 16 años y me arriesgué a vomitar. Después me sentí muy bien. Es la primera vez que vomité sin meterme los dedos. Porque para mí, incluso borracha, era muy difícil vomitar sin introducirme los dedos. ¡Cuando yo era pequeña mi madre me introducía los dedos para vomitar! Comía mucho y me atracaba y como siempre he estado estreñida... Muchas veces terminé en el hospital con un problema de indigestión y me introducían una cosa para vaciarme el estómago”.
Por tanto, Ana no reconstruye el comienzo de sus vómitos alrededor –al menos de modo exclusivo- de un proceso de control ligado a una pérdida de peso. Es verdad que el vómito fue convertido en una técnica para la pérdida de peso en el seno de una comunidad desviante íntima. Sin embargo, Ana sitúa el vómito en continuidad con dos hábitos más antiguos. El primero es una práctica extendida desde hace mucho tiempo en su clase de edad. Esta práctica ayuda a mejorar la presentación de uno delante de los padres después de una borrachera. Por lo demás, mujeres situadas en esta clase de edad asocian a menudo el vómito a problemas emocionales que no tienen relación alguna con la pérdida de peso[6]. El segundo hábito corresponde a una experiencia más personal. Ana ha tenido siempre problemas de indigestión que han movilizado a su madre. A la vez que enuncia este control materno constante de sus atracones, Ana rechaza que su madre tenga algo que ver con “sus problemas”: “Es normal que una madre no quiera que su hija coma mucho. Comía muchas chucherías y luego me dolía la barriga”. Esta defensa del buen lugar materno permanece durante toda la entrevista e impone una información al respecto de ritmo escalonado. Sólo cuando la situación de entrevista relaja las censuras, Ana me explica que su “madre la había llevado a un nutricionista cuando tenía catorce años. Perdí 15 kilos pero los volví a coger muy pronto porque no era capaz de continuar un régimen”.

1.2. Una reflexividad permanente

Vomitar no aparece en la entrevista vinculado a un problema de pérdida de peso, sino también a una práctica familiar de control de los malos hábitos alimenticios de Ana y de una práctica de regulación característica del grupo de pares.
La reconstitución que realiza Ana de su bulimia no tiene aún una lógica organizada. En el momento de la entrevista, hace solamente tres meses que Ana asiste a un psicólogo privado y su discurso no está aún demasiado “formalizado” psicológicamente. El diagnóstico no ha introducido el conjunto de su vida pasada en un relato coherente dominado por la patología[7]. No es el caso de Ellen. Nacida en Austria y mayor de dos hermanos, Ellen es la nieta -línea materna- de un militar y arquitecto (“un nazi muy culto, militar y arquitecto con los ideales humanistas de los alemanes”) y una profesora universitaria. Por vía paterna, Ellen perdió a su abuelo durante la guerra y su abuela se volvió a casar con un hombre más joven, profesor de instituto como ella. Según Ellen había “una desvalorización de la familia de mi padre. La familia de mi madre es más burguesa, más tradicional, más de derechas mientras que la familia de mi padre es más moderna e intelectual”.
Los padres de Ellen son profesores universitarios “algo sesentayochistas”. Su padre colocó a Ellen ante el desafío de ser “una niña prodigio, independiente y autosuficiente, académica... después estaban las historias ideológicas de mis padres de no ser consumistas. Nunca me prohibieron mirar la tele o leer tebeos, pero bueno, eran cosas que parecían muy americanas y ejemplos de consumismo. Mis padres encontraron la manera de introducirme en esa lógica. No me prohibían nada pero había una historia de expectativas sublimes que acabé por asimilar. Asimilarlas hasta un punto extremo. Me he sentido siempre condicionada por estas expectativas sublimes”.
Ellen tenía 28 años en el momento de la entrevista y estéticamente representaba un modelo femenino antagónico al de Ana. Donde Ana perseguía lo ceñido, Ellen, notablemente más delgada, usaba ropa amplia; allí donde Ana lucía ostentosamente ropa de calidad, Ellen prefería una indumentaria gastada; en fin, Ana llevaba un pelo recogido y el rostro maquillado mientras que Ellen no mostraba rastro cosmético alguno y su cabello no parecía buscar más lógica que la de la comodidad. Más adelante aclararé ciertos puntos sobre la disputada cuestión de los trastornos alimenticios y la búsqueda de la belleza. Por el momento, me centraré en otra diferencia en Ana y Ellen directamente relacionada con la cuestión del comienzo de la “enfermedad”. Ellen aunque rechaza que el comienzo de su anorexia estuviera ligado a un control consciente de su alimentación, presenta una suerte de “momento constitutivo de su anorexia”:

“E: Me preguntan siempre ¿conoces el día en que...? Y yo creo que es una tontería, porque empiezas de una manera bastante inconsciente... Pero, de hecho, conozco el día y la historia... Y es un episodio con el que establecí la conexión hace muy poco tiempo. Porque conozco el día en que descubrí, en que pensé: voy a dejar de comer. Era una fiesta familiar con los amigos de mis padres. Esa situación me molestaba mucho. Esta obligada a divertirme con niños por la sola razón de que eran los hijos de los amigos de mis padres. Bueno, y una típica historia con un niño, una historia de acoso sexual, el típico juego que era una tontería y yo no lo sé, no lo he descubierto aún, no sé por qué sentí un rechazo súper profundo a todo eso y sentí la exigencia de no entrar en el juego[8], el típico «juego de los médicos». No habría estado bien entrar en el juego. En ese momento era consciente y reaccioné de una manera muy violenta. El niño se sintió fatal y yo lo sentí como una invasión total... Creo que fue el momento de decirme: «Esto es todo lo que puedes esperar».
-JLMP: Pero con diez años es muy pronto.
-E: Sí, es muy pronto... pero te dices: cada vez van a introducirte más, cada vez van a esperar más de ti y eso es la normalidad.
-JLMP: ¿Quieres decir sexualmente?
-E: Sí, es como esta historia de críos que juegan con las crías a yo no sé qué... La típica fiesta... y los padres están ciegos como una cuba y piensan que los niños se divierten y entonces... y... No sé si este episodio ha sido el mismo día. Y fue un momento de no sé... de no sentirme... de sentirme alejado de mi ambiente... Tomé la posición de no ir con la gente de mi edad... O soy la marginal o soy la líder y yo siempre escogí ser la líder... Es una historia de distinción”.

Conocí a Ellen durante unas jornadas feministas. Enseguida se me presentó como una persona que tuvo problemas de anorexia “y eso no tiene nada que ver con la belleza y las modelos”, añadió de inmediato sin esconder su desprecio por ese tipo de explicaciones de los trastornos alimentarios. Ciertas características de este encuentro definieron nuestra relación de entrevista Si para Ana yo era un profesor que hacía un trabajo de investigación, para Ellen era un compañero y un concurrente en la lucha por la definición de la enfermedad en la que Ellen realizaba fuertes inversiones intelectuales y personales. Feminista militante, Ellen tuvo una cierta pasión por el psicoanálisis: su compromiso con la “arte terapia” inspirada por Jung y una tesina consagrada a la anorexia dan buena muestra de ello. Ellen ha leído su propia historia con la anorexia en el marco de una resistencia al poder masculino y a sus exigencias de definición sexual. Según sus palabras: “la clave de toda mi vida es la trasgresión”. Esta codificación teórica y política de la anorexia en la que se encaraman psicoanálisis y feminismo dejó sin duda su marca en el relato de comienzo de la anorexia que acabamos de leer.

1.3. La identidad, la entrevista a conocidos y la carrera médica

Un cierto nivel de dificultades emerge alrededor de la problemática del “comienzo” de la enfermedad. En primer lugar, esas dificultades proceden, de una manera muy general, de un dispositivo de investigación como el que utilizo, basado en las historias de vida. Bourdieu explicó cómo la pragmática de las historias de vida induce una especie de visión “novelesca” de la existencia donde todo parece estar relacionado con todo[9]. Además, utilizo una forma de comenzar la entrevista (“Háblame de ti, de tu familia, de tus amigos, de tus proyectos de futuro” [10]) que no contribuye a evitar esa suerte de relato cuyas partes se auto implican en el que se convierten a menudo las entrevistas[11].
Sin embargo, existe otra dificultad que trasciende las derivadas de la relación de entrevista y que tiene que ver con el modo en que los individuos diagnosticados con un trastorno alimentario se relacionan con su pasado. La necesidad de reconstrucción biográfica que experimentan los individuos no se distribuye al azar[12]. De una manera general, la experiencia de la enfermedad mental instaura un vínculo muy problemático de los individuos con su historia. Los certificados médicos y psicológicos, las sanciones de las familias y del grupo de pares constituyen ritos institucionales que definen poderosamente la “esencia” de un individuo[13]. Las modalidades de esta relación con la propia historia toman formas bien distintas según las categorías aplicadas en el proceso de reflexividad individual que sucede a la designación como enfermo. Ana no está segura de que su bulimia no sea la manifestación de “algo” que la acompaña desde su infancia. Ellen considera su anorexia como una especie de “elección original” que, al modo de los héroes existencialistas, intenta aún reconstruir 18 años después. Retomaré después esta cuestión.


2. LEGITIMIDAD E ILEGITIMIDAD EN LA ESTABILIZACIÓN DE LAS PRÁCTICAS

2.1 Dos culturas somáticas

Ana no es la única que vomitó en su familia. Un tío paterno y una prima de su padre le confesaron también haber vomitado “para adelgazar”. La regulación corporal mediante el vómito no estaba ausente de la cotidianeidad de Ana. Esta regulación corporal se acompañaba de otras técnicas de control de la corpulencia. Una amiga “adelgazó mucho tomando laxantes... Vomitaba también, pero no lo reconocía... Comencé con laxantes para regular mi intestino... No era regularlo, porque buscaba provocarme diarreas. A veces le decía a mi madre que me dolía la barriga. Pero no me dolía la barriga, todo era mentira. Era para no comer y adelgazar”.
La regulación corporal “desviada” de Ana era una solución de compromiso entre sus modelos corporales y sus gustos. Los modelos corporales de Ana no procedían de una presión “abstracta” del “medio” sino de personas y entornos sociales relevantes para ella[14]. En primer lugar, la madre de Ana, agente activo en la batalla por la silueta de su hija (fue ella quien la llevó a un nutricionista que le hizo perder 15 kilos). En segundo lugar, la cultura corporal imperante en el mercado sentimental en el que se desenvolvía Ana: “Cuando yo salía con mis amigas, que tenían todas un tipazo, todos los tíos iban como locos detrás de ellas... Después el rollo de la talla 38... Bueno había fines de semana en los que no quería salir. Me decía: «Voy a salir para nada». Estaba deprimida porque estaba gorda”. Ana considera que esbeltez y excelencia social van de la mano: “Hoy para triunfar hay que estar delgada. ¡Dime una mujer que salga por televisión y esté delgada! Bueno, Carmen Sevilla en el anuncio de Pharmatin. Pero es una mujer mayor. Es básico para triunfar, para ser alguien. El aspecto físico es fundamental y si no estás delgada...”.
Los gustos de Ana se concilian mal con sus modelos corporales: “Me gustaría tener voluntad para privarme de comer dulces, chucherías... llega un momento en que me pongo mala y me duele la barriga... Porque no puedo privarme. Hoy mi madre ha hecho lenguados y patatas fritas y me he tenido que ir a la cocina a comer dos kiwis. No puedo ver la comida sin comer”.
Esta lucha entre los modelos corporales y las “demandas” de su cuerpo apareció dramáticamente en el momento en que el nutricionista estableció un régimen. En ese momento, Ana experimentó que es “incapaz” de hacer un régimen. Es el momento también en que codificó como radicalmente ilegítimos sus gustos corporales y se encontró impotente para corregirlos: “Es lo peor de todo, no tengo una voluntad fuerte”.
Una segunda gran prueba mostró a Ana la solidez de sus gustos corporales. Después de un fracaso en el primer año de instituto, Ana fue enviada a un internado religioso en Madrid. Así, se encontró fuera del circuito cotidiano de control configurado por su entorno doméstico. “En cuanto llegué, me decía: «Aquí voy a adelgazar y cuando vuelva a casa todo el mundo va a ver cómo he cambiado». Voy a comer menos. Pero en el internado te daban todas las comidas, la cena y cuando veía mis patatas fritas, mi carne y mi pan [Ana hace el gesto de relamerse[15]]. Está claro. No podía dejar de comer y empecé a meterme los dedos para vomitar después del desayuno y la comida. Después volví a mi casa y todo el mundo me decía: «¡Qué bien estás!». Y mi madre decía muy feliz: «Mira, estudia, aprovecha el tiempo y adelgaza!».
El habitus físico de Ana mostró su resistencia al cambio en una tercera prueba. Ana se inscribió en un gimnasio al volver del internado. El ejercicio físico no modificó su regulación corporal. “Tenía la obsesión y continué, continué todos los días [haciendo deporte]. Ese verano adelgacé mucho. Iba todos los días al gimnasio y vomitaba todos los días. Tuve muchos problemas en el gimnasio. Un día la monitora de aeróbic llamó a mis padres y les dijo: «Miren: esta niña no come». ¡Y yo comía, claro que comía, yo he comido siempre! ¡Nunca he visto un pastel y he dicho: «No me lo como». Pero sé que después de comérmelo iba a vomitar. Lo sé. Por tanto, me da igual comer uno o veinte pasteles. Sé que voy a echar los veinte”.
Ellen no conoció esa resistencia de los gustos corporales a sus proyectos de autocontrol. Dejar de comer no causó en ella un desajuste entre la “voluntad” y las “pulsiones”:

“E: Dejé de comer pasteles. Luego comencé a comer la mitad del plato y a cortar la comida en pequeños trozos. No fue difícil. En mi casa no se comía la típica comida alemana...
-JLMP: ¿Grasa?
-E: Exactamente. Eran cosas francesas, italianas... Aún no había comenzado la comida dietética... Pero mi madre se cuidaba mucho. Mi madre tuvo siempre algo restrictivo con la comida. De hecho, supe después que ella tuvo también problemas de anorexia[16] cuando era joven... Bueno, ella no fue diagnosticada. No se hacía en esa época. Bueno, yo comencé quitándome los pasteles y terminé saltándome comidas. Pero más al final.
-JLMP: ¿Y cuál es el efecto de no comer?
-E: Es como subir a la montaña por la mañana. No has comido nada y tienes una sensación de fuerza... Es como una historia de distinción, es decir, tengo algo que me hace diferente... y es la historia de imponerte a ti mismo la voluntad de no comer, fijarte un fin, de repente tiene un fin y te dices: «Tengo nueve años, estoy aquí, no tengo muchas esperanzas de salir de esta situación y de repente tienes un fin que está más allá de la situación»
-JLMP: ¿Pero tenías problemas con el cuerpo?
-E: Yo no estaba gorda, en absoluto. Era un problema de perfeccionismo”.

2.2. Logro y fracaso en el autodominio corporal

Pueden caracterizarse dos prácticas que son codificadas, antes de la medicalización de las mismas, una como éxito y otra como fracaso. Ellen habla de la decisión de no comer como un fin establecido que se convierte en posible gracias a sus disposiciones previas. Por el contrario, Ana narra la historia de un aprendizaje de la resistencia de sus disposiciones corporales a la empresa de transformación del cuerpo.
Es posible pensar que esta valoración diferencial de la anorexia y la bulimia está relacionada con el carácter de las prácticas utilizadas para el control del cuerpo. La anorexia comienza con prácticas que no estigmatizan en medios sociales “normalizados”. En casa de Ellen la decisión de dejar de comer se manifestó a través de un proceso de autocontrol alimenticio que, en un principio, nada tenía de “mórbido”. La suya era una familia de la burguesía intelectual y “estaban en la historia de la alimentación sana. Después, en los ochenta, estarían en la agricultura ecológica”. Utilizando disposiciones que considera haber “heredado” de su madre (“Mi madre nunca tomaba nada. Era diferente de mi padre: él si quería un helado te ofrecía un helado”), Ellen comenzó un proceso de selección de alimentos (dejó de comer dulces y chucherías) y después de restricción (empezó a reducir el alimento ingerido). Por el contrario, Ana utiliza técnicas de autocontrol presentes en su medio que tenían ya una característica “desviante”: ninguna codificación profesional se necesitaba para saber que las prácticas de regulación de Ana no eran las apropiadas para adelgazar de una manera “sana”.
Efectivamente, aunque vomitar y tomar laxantes puedan ser prácticas extendidas en una clase de edad –lo que podría situar socialmente la “confesión” del tío de Ana-, no por ello dejan de ser prácticas vergonzosas y, por consiguiente, escondidas. El lugar central que ocupan en la regulación corporal de Ana sucede a los fracasos por incorporar las prácticas legítimas. El balance lúcido y resignado que Ana hace de la bulimia con relación a sus gustos alimentarios ilustra bien la interiorización de las diferentes prácticas de restricción y de la cultura somática que suponen. En su experiencia bulímica ha conseguido diferenciar, al nivel mismo de las sensaciones, los “buenos” de los “malos” alimentos. El vómito, en el momento de la entrevista, era una forma de desciframiento práctico de las malas ingestas. De este modo, Ana se atribuye una forma particular de conciencia sobre su problema. Lo que debe hacer es “comer menos, no comer. Es verdad. Cuando me siento bien con lo que he comido no vomito. Antes era diferente. Comía una manzana y la echaba. ¡Era una locura!¡Si no tenía nada en el estómago! ¡Los laxantes son terribles! Hoy si estoy estreñida tomo biofibra o un kiwi”. A una amiga que le confiesa sentirse gorda le daba el consejo siguiente: “¡Pues no te comas un bocadillo. Cómete un sándwich o una manzana!”. Una parte de Ana está ya lejos del mundo de las patatas fritas, los lenguados, “su” pan y su “carne”. La lucha de clases habita en su interior[17].

2.3. La lucha de clases en el interior

Este mundo parece haberse convertido en problemático dentro del grupo familiar de Ana. Los conflictos alimenticios son también conflictos entre las clases de edad y las clases sociales; a veces se instalan en el círculo íntimo de los individuos antes de instalarse en el centro de su vida “interior”[18]. Ana es la nieta de un comerciante medio –lado paterno- y de un obrero –lado materno-. En la escala de gustos alimenticios que presentó Bourdieu en La distinción estas dos clases compartían los mismos principios de elección alimenticia: entre ellas no había otra diferencia que la que oponía la “comida” de la “buena comida”[19]. La diferencia estribaba en los frenos que ponían los recursos económicos. Las preferencias alimenticias se organizaban según principios similares: alimentos grasos, dulces y según los recursos económicos más o menos lujosos.
Los padres de Ana están en otra posición. Para un asalariado burgués de la empresa privada y para una economista introducida en política, los costos de representación social están unidos a fuertes inversiones en el terreno corporal y a una definición de la excelencia completamente diferente a la de sus familias de origen. La diferencia que viven en el terreno de la alimentación no se organiza en oposición a la pobreza –como es el caso de un comerciante medio o de un obrero que debe alimentarse bien para no “desfallecer”- sino con relación a lo “grosero” y lo “gordo”. Ni más ni menos que lo que representaba la vieja España (“Carmen Sevilla”) en el discurso de Ana. Los padres de Ana son el resultado, uno, de un desplazamiento transversal en el espacio social (el caso del padre de Ana[20] es el de la reconversión del capital económico en capital cultural) y, el otro, de un proceso de desplazamiento vertical desde la pobreza económica al capital cultural y social (el caso de la madre de Ana es el de la hija de un obrero transformada en economista y política)[21].
Quizá este desplazamiento social explica la causa de lo que Ana considera una falta de preocupación por su enfermedad. Los mundos sociales están compuestos de múltiples dimensiones y no todas cambian al unísono. A menudo, el mundo pasado convive con el nuevo y un espectacular desquicie temporal disloca la vida íntima: se quiere algo, pero se siente de forma que el objetivo se vuelve imposible, se rechaza una dimensión del ser social y ésta reaparece al torcer la primera esquina de la vida subjetiva. Como he mostrado en otro lugar[22], existen condiciones de recepción diferentes de los diagnósticos de trastornos alimentarios, según la proximidad de la cultura médica. Ana se lamenta que su familia y sobre todo su madre no prestan la suficiente atención a su bulimia. Aunque la madre de Ana se preocupe por el peso de su hija, esta preocupación no es siempre coherente y no se extiende a todos los momentos de la vida. Invocando el deseo de una madre “panóptica”, Ana señala: “Yo le digo: «Mamá, vigílame. No me dejes comer eso porque voy a vomitar. Si me pones eso para comer, voy a engordar». Es terrible. No me toma en serio”.
El grado de implicación de la madre de Ana en la empresa corporal de su hija no es continuo. Resultado de un desplazamiento en el espacio social, la trayectoria de la madre de Ana pudiera encontrarse sometida a fuerzas contradictorias en lo que a la alimentación se refiere. En primer lugar, la preocupación por los prototipos corporales legítimos y su traslación a toda su progenie. En segundo lugar, la permanencia de un sistema de gustos alimenticios contradictorios con las exigencias dietéticas que permiten un cuerpo cortado al talle de la demanda social dominante. En tercer lugar, una atención intermitente a las clasificaciones médicas: la falta de preocupación que resiente Ana equipara socialmente a su madre con muchas familias de clase trabajadora que consideran la bulimia y la anorexia como “tonterías de crías” y no como auténticas enfermedades que exijan la habilitación de condiciones excepcionales para la supuesta enferma[23]. La cultura somática del grupo familiar se encuentra emplazada en una bifurcación que aún no ha sido racionalmente[24] dominada.
Ciertas condiciones sociales de posibilidad de la actividad bulímica de Ana se perfilan así. Primero, económicas. La carrera bulímica de Ana no es accesible a todas las posiciones en el espacio social. Teniendo en cuenta la edad de Ana, comer y vomitar, ir al gimnasio, consumo intenso de laxantes, son actividades que suponen costes económicos considerables. Además, los lugares que permitiendo la invisibilidad de las prácticas (cuartos de baño individuales, internado religioso) estabilizaron los comportamientos desviantes de Ana son el privilegio de ciertos grupos sociales y familiares. Segundo, simbólicas. La cultura corporal femenina en la que se compromete Ana, a pesar de su extensión en una cierta clase de edad, está unida a una cultura de clase representada por los establecimientos escolares de élite de los que Ana fue alumna. Tercero, históricas. La cultura somática de Ana y sus contradicciones internas toman un sentido sociológico en una trayectoria social familiar resultado de la ocupación de posiciones sociales fuertemente heterogéneas. Una parte de la historia vital de Ana es la de la incorporación de disposiciones somáticas divergentes –que no se modifican en sincronía con la movilidad de clase- y contradictorias entre sí. Estas disposiciones conflictivas se asientan en un espacio familiar en el que Ana conoció tanto las influencias corporales legítimas (bien ejemplificadas en el episodio del nutricionistas) como las ilegítimas (como el muy incorporado gusto por el placer de comer bien).

3. DIAGNÓSTICO E IMAGINARIO EN LOS TRASTORNOS DEL COMOPORTAMIENTO ALIMENTARIO

Todo pasa como si se estuviera ante dos maneras de impulsar una cultura somática previa. Es por lo que Ellen es capaz de leer su decisión de dejar de comer como una suerte de “dejarse ir” (y no cabe duda que “dejarse ir”, exige muchos esfuerzos) en la dirección del “perfeccionismo”. Por el contrario, Ana experimenta la pulsión de comer como una dimisión ante sus “eternos” problemas de falta de voluntad, lo que exige para incorporar los modelos corporales deseados el recurso al vómito y a los laxantes.

3.1. La definición social de la “anoréxica” y la “bulímica”

Estas lecturas retrospectivas –el perfeccionismo anoréxico contra el fracaso bulímico- surgen acompasadas con dispositivos discursivos específicos. Ciertamente, el compromiso corporal de Ana y Ellen estaba inscrito en dos formas de cultura somática socialmente jerarquizadas. Pero esto no parece suficiente para explicar la codificación que cada una de ellas realiza de sus comportamientos. Hay que introducir otra dimensión- Como escribió Didier Fassin, “todas las sociedades están confrontadas a patologías cuya distribución o etiología puede dar lugar a una interpretación en términos colectivos”[25]. Esta interpretación es interesante en el caso de las enfermedades en las que han sido clasificadas Ana y Ellen.
La primera vez que me confronté a esta cuestión fue durante una parte de mi trabajo de campo. Durante una observación de una terapia clínica realizada por psicólogas –de formación estándar “cognitivo-conductual”, pero como insistiré esta variable no es muy relevante- una mujer rechazó ser clasificada como anoréxica. Después de una sesión de terapia muy tensa, una conversación informal, en la que participé, mostró ciertas categorías implícitas que conducían el trabajo terapéutico de las psicólogas. Según una de ellas:

“En esta enfermedad [la anorexia y la bulimia] todo está determinado por el tipo de trastorno. Hay una personalidad restrictiva y una personalidad purgativa. Es fácil de ver. Es posible que el paciente no lo diga... pero se termina viéndolo. Hay un momento en el que te dices «esta personalidad es restrictiva y esta personalidad es purgativa, esta se atraca y esta no». Son totalmente diferentes. Lo veo claro. Esta personalidad es restrictiva y por tanto nunca se dará el atracón. Las anoréxicas y las bulímicas no tienen nada que ver en cuanto a personalidad. Hay una delimitación muy fuerte de personalidad. Hay casos donde las cosas se mezclan pero son muy raros. Una persona con anorexia restrictiva va a ser circunspecta, reservada, una persona que tiene mucha resistencia. Las personas que están en el otro polo son diferentes. Las bulímicas tienen envidia de las anoréxicas. ¡Son dos tipos de personalidad! Está delimitado. Y es de la misma manera en todas las partes de la vida. Es una personalidad. Lo que hacen con la comida lo hacen con todo. Por ejemplo, lo que está más correlacionado con la bulimia son las drogas y la promiscuidad sexual... todo eso está relacionado con una personalidad bulímica. No quiero decir que todas las bulímicas lo sean... pero hay una correlación muy fuerte. Por el contrario, una restrictiva es siempre restrictiva. Es muy rígida, muy perfeccionista. Eso no quiere decir que la bulímica no sea también perfeccionista. Una anoréxica es perfeccionista y es capaz de lograr lo que se propone. Una persona bulímica no es capaz, no tiene habilidades para lograr lo que se propone. Por tanto, se abandona. Es tan perfeccionista que dice: «Si no lo puedo hacer, me doy el atracón». Tiene el perfeccionismo de sacar el mejor resultado en un examen, pero como no es capaz... Parece una contradicción decir que es perfeccionista. Es una perfeccionista que tiene una personalidad que no está bien estructurada. Una anoréxica es el objetivo de una bulímica, eso es”.

Este discurso ideológicamente tan espeso muestra hasta qué punto los profesionales retraducen estereotipos en los que se trasmiten las normas que organizan la socialización del cuerpo físico[26]. Las anoréxicas y las bulímicas, especies de personalidades totales, separadas por una distancia ontológica infranqueable (“Una anoréxica puede ser una bulímica, pero una bulímica no puede ser una anoréxica”) se oponen como el control y la promiscuidad, el triunfo y la frustración, la envidiada y la envidiosa, esto es, una red de correspondencias dominada por una de las versiones posibles de la diferencia entre lo “distinguido” y lo “vulgar”: “Podría decirte sobre una persona si conozco su personalidad si sería anoréxica o bulímica”, “las bulímicas tienen celos de las anoréxicas: querrían ser anoréxicas”, “las anoréxicas son orgullosas, tienen voluntad”, “si tuviera un problema de alimentación sería anoréxica”.
Para comprender tales producciones discursivas, deben considerarse varias dimensiones. En primer lugar, el criterio diagnóstico elaborado para clasificar los trastornos alimentarios. El DSM-IV estableció una diferencia neta entre anorexia y bulimia. Pero la anorexia puede incluir vómitos y laxantes. El criterio de diferenciación se convierte en el peso de la afectada y como se ha visto en tipologías sociales que transpiran etnocentrismo de clase. Dos subtipos diferentes de anorexia y de bulimia han sido elaborados para clasificar las diferentes combinatorias de sintomatologías. Según un manual de popularización que esta psicóloga me ofreció para ilustrarme, un subtipo es la “anorexia restrictiva”. En él se incluyen las personas que pierden peso por el uso de la dieta y no utilizan métodos purgativos. El segundo subtipo es la anorexia “purgativa”. Este constituye un mixto entre la anorexia y la bulimia e incluye las personas que suman a la dieta el uso de purgativos. La diferencia con la bulimia es la capacidad de mantenerse un 15% por debajo del peso ideal y la pérdida de la regla. La bulimia, por su parte, se divide también entre bulimia purgativa y bulimia no purgativa –en la que la dieta y el deporte se utilizan para controlar el peso sin recurrir a vómitos-. Por lo demás, el manual de popularización considera que las personas bulímicas están afectadas por un “vacío insostenible”, por la frustración, la cólera, el fracaso, la tristeza, etc. y por ello se reconfortan de la ansiedad que les produce su vacío vital mediante la comida[27].
La sobrecarga ideológica no se restringe a la literatura de divulgación. Hilde Bruch -uno de los grandes nombres de la clínica de la anorexia- escribe sobre las bulímicas:

“Ellas hacen un despliegue exhibicionista de su falta de control o disciplina, en contraste con la observancia de la disciplina de las verdaderas anoréxicas [...]. La bulímica moderna es impresionante por lo que parece un déficit en el sentimiento de responsabilidad. Las bulímicas echan la culpa de sus síntomas a otras; pueden dar el nombre de la persona de la que aprendieron a atracarse, en particular de aquellas que le hicieron conocer el vómito [...] desde entonces se comportan como víctimas completamente impotentes. Aunque relativamente no implicadas, esperan participar del prestigio de la anorexia nerviosa. Algunas se quejan de los gastos de su consumo y tomarán comida sin pagarla. Explican que esto se debe a la «cleptomanía», que indica, como la «bulimia», una compulsión irresistible que determina su conducta”[28].

Esta separación entre la bulímica pantagruélica y la anoréxica ascética se metamorfosea en cierta literatura psicoanalítica que mezcla, como es habitual, Lacan y la filosofía de Heidegger. En un libro galardonado se lee la “descripción” siguiente: “La no-elección anoréxica de permanecer sobre su hambre deja abierta la posibilidad de todas las elecciones, dejando abierto el deseo del deseo (antes del deseo del objeto) antes de que éste no se deprave y no se pierda en la bulimia[29]. Es decir, la bulimia y la anorexia se oponen como a la modalidad inauténtica de la existencia del Dasein –en su decadencia en el estado de interpretación pública- y la modalidad auténtica en la que la existencia permanece “tensa sobre sus posibilidades”[30].
La identidad de las personas estigmatizadas, explicaba Goffman, siempre se encuentra literariamente definida. Por tanto, la construcción de su identidad es el resultado, también, de modelos cinematográficos y de reportajes periodísticos tanto como de las descripciones clínicas de los especialistas[31]. Como se ha podido comprobar, la distancia entre los discursos literarios y los análisis científicos de la anorexia y la bulimia es, en multitud de ocasiones, menos que escasa. Los fantasmas sociales y la descripción de los trastornos alimenticios caminan cogidos de la mano en los discursos de los especialistas con una buena conciencia, en mi opinión, desasosegante. En consecuencia, sería un error separar el mundo “no científico” del “científico” en el análisis de la anorexia y la bulimia. Imágenes discursivas repletas de etnocentrismo de clase se han filtrado en el lenguaje científico. Estas imágenes objetivan, redoblan y legitiman la jerarquía socialmente existente entre los diversos tipos y prácticas corporales definidos como anoréxicos y bulímicos.

3.2. Las categorías nosológicas y la constitución de sí

Las imágenes ofrecidas en el espacio discursivo que acabo de esbozar no influenciaron demasiado el modo en que Ana ha elaborado su identidad. La carrera de Ana en el mundo del tratamiento de los trastornos alimenticios es muy breve. Además, Ana ha tenido un contacto muy ocasional con los trabajos dedicados a los trastornos alimenticios –en los que las bulímicas son a menudo descritas como modelos de vulgaridad- y este contacto no despertó en ella procesos de identificación específicos:

“Leí un libro sobre la anorexia pero no leí nada sobre la bulimia. No me acuerdo de su título. Pero no me gustan estos libros. ¡Me pongo mala, es verdad! La niña que escribió el libro no comía nada. ¡No comía agua para no engordar! [...]Pero cuando tienes esa obsesión...”

El caso de Ellen es diferente. Después del diagnóstico de anorexia permaneció durante tres meses ingresada en un hospital. Ellen era la más pequeña del grupo de personas ingresadas por anorexia. Según ella, se convirtió en “la que escuchaba” a las demás, en un grupo muy inquieto culturalmente. La expresión corporal, utilizada en la terapia, le proporcionó un “lenguaje muy sutil que aún es muy importante para expresarme”. Para salir del internamiento, Ellen utilizó las mismas disposiciones utilizadas para dejar de comer: “Salí cuando decidí comer para conservar mi espacio. Me convencí de que quería comer. Era un juego de auto mentira muy fuerte en el que me decía: «Nadie podrá saber nunca cuales son mis intenciones»”[32]. Este aprendizaje de la duplicidad dejó a Ellen una disposición distanciada respecto a los demás. Hoy considera que es la reminiscencia más fuerte de su enfermedad. Así, ha escrito: “Cinco años después, diez, quince. El autocontrol incorporado... La incapacidad de perder el control. El miedo. La mierda”.
Pese a todo, Ellen hace el balance siguiente de su internamiento:

“Era la primera vez en mi vida que descubrí que se puede hablar con las personas... Era una historia fuera de la normalidad. Estaba el tema de sentirse diferente, de distinción. Me acuerdo que hicimos una pancarta contra las visitas. El hospital era una isla fuera de la normalidad... Cuando salí perdí mucho peso porque quería volver”.

Esta reconstitución idealizada del grupo desviante se integra dentro de un proyecto más general de organización de una especie de ejemplaridad vital alrededor de ciertos trazos distintivos de la anorexia. Las situaciones de desajuste vital –como la del internamiento- provocan fuertes crisis de identidad que la lectura ayuda a dominar proporcionando un sentido a tal crisis[33]. Esta es una de las claves de la tendencia a la “racionalización” que Howard Becker encontró en los grupos desviantes y que está repleta de consecuencias para el individuo[34]. La literatura sobre la anorexia no desanima precisamente tales tendencias[35]. Ellen encontró un programa de revisión cultural, con un cierto peso en los mercados sociales y académicos alrededor del análisis de esta especie de “enfermedad-símbolo”[36].
Ellen vive en España desde hace una decena de años. En este tiempo, compaginó una trayectoria artística con estudios de ciencias sociales. Militante de una de las fracciones de la izquierda contracultural y feminista, Ellen ha asistido a multitud de cursos de formación sobre los trastornos alimentarios. En el momento en que nos conocimos, los trastornos alimentarios se convertían en un tema de debate mediáticamente visible e intelectualmente rentable. El 30 de noviembre de 1999, el Senado español consagró una sesión al tema y más específicamente el feminismo universitario lo consagró dentro de su agenda intelectual.
Ellen presenta su experiencia de la anorexia de acuerdo a uno de los relatos ofertados por el campo de teorías en concurrencia. La relación de entrevista estuvo marcada por esta forma de presentación intelectual[37]. Enseguida, rechaza que la preocupación por belleza jugase cualquier papel en el comienzo de su “enfermedad”[38]. Aunque la voluntad de “distinción” está presente por doquier en su discurso, Ellen se expresa en parámetros ajenos a la búsqueda de la visibilidad en el mercado sexual. Esta tesis es un lugar común de una parte de literatura sobre la anorexia, experiencia corporal que Ellen considera por esencia andrógina[39]. Considera hoy (“hace poco tiempo que establecía la conexión”) el inicio de su carrera anoréxica como una respuesta a un juego ritual de feminización cuyo cumplimiento habría bloqueado el proyecto de convertirse en una mujer independiente. Ciertamente, estos juegos sexuales están lejos de ser experiencias sociales sin significación: “Constituyen una de las ocasiones de interiorizar inseparablemente la división sexual del trabajo y la división del trabajo sexual”[40]. La gimnástica sexual, explicaba Bourdieu, funciona como una práctica ritualmente cargada que inculca las equivalencias entre el espacio físico y el espacio social en el cuerpo[41]. No extraña que el lenguaje de la sumisión sexual –que vincula la posición femenina y la posición dominada- proporcione sus metáforas fundamentales al lenguaje de la dominación social[42]. Sin necesidad de apelar a una clarividencia precoz de Ellen, resulta comprensible que haya podido experimentar el rechazo de la posición sexual femenina, el rechazo de la comida y la sensación de potencia como elementos de una serie ordenada y en relación bajo un cierto aspecto[43]. Es tan sociológicamente plausible como la asimilación que hace Ana de la gordura y el fracaso social[44].
Un texto que Ellen hizo circular entre sus próximos ayuda a comprender cómo la oferta discursiva sobre la anorexia se instala en su trabajo de producción de identidad. El texto se presenta con fotos de performances de artistas de vanguardia ilustradas con comentarios que reflexionan sobre la corporeidad como forma de producción de sí mismo (“mi cuerpo es mi obra de arte”), y del arte como reconstitución de una identidad herida que ayuda a desvelar la opresión de la mujer. Este vínculo entre el cuerpo y el arte es un lugar retórico muy visible en los rituales de presentación pública de personas diagnosticadas como anoréxicas. “Anorexia. Mi cuerpo era mi obra de arte” era el título de la confesión pública –ilustrada por autorretratos de la afectada en un estado de delgadez cadavérica- de una antigua anoréxica en una revista dominical[45]. Un libro editado por el seminario de la mujer de la Universidad de Zaragoza, consagrado al lenguaje del cuerpo, combina reflexiones de artistas con artículos teóricos feministas. En uno de ellos, consagrado a la anorexia, se insiste en que ésta es una enfermedad de las jóvenes más brillantes[46].
Ellen retoma como evidente este retrato “sociológico”. Las anoréxicas, escribe, se reclutan entre las “chicas más aventajadas, prodigiosas e inteligentes”. Utilizando referencias de Devereux, Baudrillard y de diversas obras de psicoanálisis y feminismo, Ellen señala que el rechazo de la alimentación sabotea los rituales establecidos. Así, la anorexia provee de una especie de lucidez ontológica fundamental: “La anorexia significa percibir nuestra propia lengua como extraña”. Como si de un boicot al sistema realizado desde el interior de éste se tratase, “las anoréxicas quieren parodiar las expectativas impuestas y las realizan más allá de toda medida”[47].
Ellen repite a menudo que “no es posible salir de la anorexia”. En su caso, creo que existen dos dimensiones que vuelven plausible esta afirmación sin necesidad de recurrir a la idea de una patología irremovible. Las disposiciones adquiridas en su carrera anoréxica (autocontrol, previsión, regulación de emociones, duplicidad) son necesarias en múltiples espacios sociales. Los espacios académicos e intelectuales exigen un fuerte control de las pulsiones, una racionalización –en el sentido instrumental- de las inversiones personales y culturales y una capacidad fuerte para organizar personalidades diferentes en las diversas escenas de la vida cotidiana. En segundo lugar, la tipología corporal de la anorexia y el análisis permanente de la misma están lejos de ser obstáculos en la trayectoria de Ellen. La “morbidez sublime” testimonia una profundidad a menudo valiosa en el trabajo de construcción de una identidad femenina e intelectual[48]. La reconstitución permanente de la identidad anoréxica es también la condición de un capital de identidad –que toma la forma de “soy yo quien lo dice”- utilizable en el espacio organizacional de gestión de la enfermedad.





[1] Este artículo recoge una exposición realizada en Febrero de 2003 en el seminario de Francine Muel-Dreyfus, Centre de sociologie européenne, École des hautes études en sciences sociales. Agradezco a Francine Muel y a Didier Fassin sus comentarios.
[2] La cultura somática es un concepto introducido por Luc Boltanski en un trabajo antiguo pero a mi entender ejemplar. La cultura somática de un grupo social es el resultado “del sistema de relaciones entre el conjunto de los comportamientos corporales de los miembros de un mismo grupo y, en segundo lugar, del sistema de relaciones que enlazan los comportamientos corporales con las condiciones objetivas de existencia propias a ese grupo, relaciones que no pueden ser establecidas más que si (...) se procede al análisis y a la descripción de la cultura somática propia a ese grupo”. L. Boltanski, “Les usages sociaux du corps”, Annales: Economies, Sociétés, Civilisations, 26, 1971, p. 208.
[3] La reducción de la escala de observación permite demorarse en los dos casos estudiados a costa de un grado de generalización sociológica menor. Sin embargo, esta estrategia analítica permite algunas ganancias. Por ejemplo, precisar, como se verá, las diferentes trayectorias familiares que proporcionan las condiciones sociales de posibilidad de los comportamientos estudiados.
[4] Al escribir esto, pienso en algunos análisis fundados en un uso –a mi entender teóricamente objetable y poco ajustado a las lecciones teóricas de los textos de los que tales análisis suelen reclamarse (por ejemplo, los trabajos de Goffman o Foucault)- de la teoría de la “construcción social de la enfermedad mental”.
[5] Un día escuché a una señora explicar que su hija tuvo que hacer un régimen muy estricto para trabajar en el centro comercial al que se refiere Ana. El régimen lo habría aconsejado el médico del equipo de reclutamiento de personal. Cuando le planteé la cuestión a una vendedora del centro -26 años, antigua monitora de aeróbic e hija de un pequeño comerciante de la ciudad- se extrañó. Su respuesta, sin embargo, demuestra el estatus asociado a los trabajadores del centro: “No creo que se seleccione por el físico, se selecciona según la familia de origen. Quieren sobre todo gente de familias medias, buenas familias, con buenas amistades, buenas maneras, buenas aficiones”.
[6] Véase los resultados obtenidos con grupos de discusión realizados con chicas de 12 y 15 años por C. Santamarina en I. Martínez Benlloch, Género, desarrollo psicosocial y trastornos de la imagen corporal, Madrid, Instituto de la mujer, 2001, p. 255.
[7] Sobre la tendencia psiquiátrica a introducir toda la vida de los pacientes en un relato globalmente “infectado” por la patología –“eso siempre estuvo allí”- véase E. Goffman, “La carrera moral del enfermo mental”, Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales, Buenos Aires, Amorrortu, 1970, p. 159.
[8] Cuando habla del “juego”, Ellen alterna la referencia al juego infantil con la referencia al juego de los roles sexuales.
[9] P. Bourdieu, “La ilusión biográfica”, Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción, Barcelona, Anagrama, 1997, p. 75.
[10] Esta forma de comenzar la entrevista sigue a una presentación en la que declaro: “Me interesan los problemas corporales en los diferentes grupos sociales, sobre todo la anorexia y la bulimia. Me gustaría conocer tu experiencia al respecto”. Intento así evitar la asimilación con la entrevista psicológica o psicoanalítica.
[11] Podría interpretarse la auto presentación de Ellen –haciendo de la trasgresión la clave de su vida- como el resultado, por un parte, de la relación específica de entrevista: Ellen y yo compartimos filias y fobias políticas. En lo que concierne a Ana, que compartía espacio vital conmigo, se ha visto cómo insistía en dejar a su madre al margen de sus “problemas”. Pero también, por otra parte, de lo que Bourdieu caracteriza como la producción de una “lógica retrospectiva y prospectiva” inducida por la entrevista autobiográfica.
[12] Sobre esta cuestión véanse las excelentes reflexiones de F. Muel-Dreyfus, Le métier d’éducateur, Paris, Minuit, 1983, pp. 7-15, 37, 172, 205.
[13] El sociólogo experimenta bien ciertas modalidades de esta “esencia” cuando intenta hablar de cuestiones diferentes a las habituales en las entrevistas psicológicas –en las que estas personas son auténticas profesionales-. En general, todas las preguntas sobre el origen social y la experiencia social del mundo resultan sorprendentes por “vulgares”. En más de una ocasión tengo que acompañar mis preguntas de pequeñas disertaciones sociológicas que convenzan a mis interlocutores –siempre dispuestos, por el contrario, a hablarme de sus conflictos profundos- de que no se encuentran ante un advenedizo que no sabe lo que se trae entre manos. En mi experiencia, la resistencia a responder a cuestiones sociológicas –pareja a la disposición a demorarse en explicaciones sobre las peculiaridades subjetivas- aumenta con el origen social, el nivel cultural y es directamente proporcional al tiempo que lleva la persona acudiendo a un psicólogo.
[14] Los modelos explicativos centrados en una presión generalizada hacia la delgadez detectan bien algo muy evidente pero explican bastante poco. Las personas no convierten en significativos para su vida todos los ideales de la cultura en la que se desenvuelven, sino solamente aquellos que entran en conexión con su proyecto vital. Este proyecto vital no surge de una elaboración consciente, sino de una relación con el pasado y el futuro cargada de significado sociológico. Esa relación se materializa en situaciones y en personas concretas a las que se les transfiere un saber determinado sobre los asuntos que preocupan a los sujetos. Estas personas y situaciones “interpelarían” –por utilizar un vocabulario althusseriano- a los individuos. Tarea de la sociología es localizar empíricamente y desvelar las formas de semejante interpelación. De lo contrario, el análisis se reduce a meditaciones sobre el “poder”, los “dispositivos”, la “dominación patriarcal”, la “posmodernidad” o cualesquiera entidades fetichizadas que parecerían expresarse del mismo modo en cada uno de los individuos de una cultura.
[15] Este empleo del posesivo –de una manera afectiva- refiriéndose a los alimentos es típica de la ciudad de Ana. Esta inversión afectiva en los alimentos puede ser una de las manifestaciones de la presencia en la memoria, viva aún en las personas mayores, del hambre de la posguerra civil. Véase I. González Turno, “Comida de pobre, pobre comida”, M. Gracia (coord.) Somos lo que comemos. Estudios de alimentación y cultura en España, Barcelona, Ariel, 2002, p. 308.
[16] Tanto Ana como Ellen señalan trastornos del comportamiento alimentario entre sus próximos. Puede pensarse en un efecto del discurso psiquiátrico que, como decía Goffman (“La carrera moral del enfermo mental”, op. cit., p. 159), busca siempre antecedentes de la enfermedad en la familia del paciente. Pero podría pensarse también que se trata de prácticas de control que son clasificadas en el marco interpretativo de la enfermedad. Estas dos alternativas son quizá complementarias.
[17] Cambiar de “naturaleza” –social, pero no por social menos correosa de eliminar- es el precio a pagar por parte del que quiere –también corporalmente- “prosperar”. Como las disposiciones no se eliminan fácilmente, los individuos deben introducir en sí mismos una contradicción ontológica. En el caso de Ana, los gustos antiguos se resisten a morir, los nuevos se resisten a nacer. Véase P. Bourdieu, La distinción. Criterio y bases sociales del gusto, Madrid, Taurus, 1988, p. 248. Véase sobre el cambio de gustos corporales L. Boltanski, “Les usages sociaux du corps”, op. cit., p. 212 y el clásico de H. Becker, Outsiders. Études de sociologie de la déviance, Paris, Métailié, 1985, pp. 79-81.
[18] “Lo que hace que, a través del relato de las dificultades más «personales», de las tensiones y las contradicciones más estrictamente subjetivas en apariencia, se expresen a menudo las estructuras más profundas del mundo social y sus contradicciones. Esto no es jamás tan visible que como en el caso de los ocupantes de posiciones contradictorias que son extraordinarios «analizadores prácticos»: situados en puntos donde las estructuras sociales «trabajan» y trabajados así por las contradicciones de esas estructuras”. P. Bourdieu, “Les contradictions de l’héritage”, P. Bourdieu (dir.), La misère du monde, Paris, Seuil, 1993, p. 716.
[19] P. Bourdieu, La distinción, op. cit., p. 185. Esta descripción del espacio de consumos alimenticios elaborada por Bourdieu a partir de datos estadísticos ha sido criticada por sobreinterpretación de diferencias porcentuales que no permiten oposiciones –entre el polo cultural y el polo económico del campo del poder- tan marcadas. En el caso concreto que me ocupa, la diferencia establecida por Bourdieu me parece ajustada al caso sociológico analizado . Véase la crítica en B. Lahire, La culture des individus. Dissonances culturelles et distinction de soi, Paris, La Découverte, 2004, pp. 170-171.
[20] En la conversación con Ana, los abuelos maternos aparecen a propósito de cuestiones específicas mías. Los abuelos paternos están sin embargo muy presentes. Ana me subraya el dolor que le produjo la muerte de su abuelo paterno. Con la abuela paterna, que le suministraba laxantes, Ana tiene una relación muy estrecha.
[21] P. Bourdieu, La distinción, op. cit., pp. 128-129.
[22] Véase mi artículo “Un cas de déviance en milieu populaire: les seuils d’entrée dans les troubles alimentaires”, Cahiers d’économie et sociologie rural (en prensa).
[23] El régimen alimenticio nunca es una empresa individual. Entre sus condiciones sociales de posibilidad se encuentra la vigilancia colectiva. “Estás más gorda (o el laudatorio: estás más delgada)” es la sanción que escenifica la red social de control que vuelve imperativa la silueta esbelta -si no se quiere descender un escalón evolutivo en la jerarquía de las especies corporales-. Evidentemente, no todos los entornos son igual de coherentes en sus demandas. En su trabajo sobre la carrera anoréxica, Muriel Darmon distingue tres clases de agentes fundamentales en la práctica del régimen: los que lo prescriben (normalmente, un profesional), los que incitan al régimen (entre los que se encuentran los próximos: madres, novios y amigas) y los acompañantes (aquellos individuos que acompañan la práctica del régimen y de esta manera la legitiman y permiten mantenerla). Puede comprobarse como la madre de Ana es un incitador intermitente y por ello contradictorio: sumisa, por lo que sé, a los modelos corporales hegemónicos impone la norma de éstos a su hija y aprueba los resultados derivados de su incorporación por Ana. Por otro lado, no vigila a Ana como necesita: promueve sus gustos –haciéndole comidas demasiado sabrosas y grasas- y no organiza la red de vigilancia necesaria para tratar la enfermedad de su hija –cuya “curación” consiste, y esto es fundamental, en alcanzar y mantener la norma corporal sin necesidad de recurrir al vómito. Sobre estas cuestiones véase el excelente trabajo de M. Darmon, Devenir anorexique. Une approche sociologique, Paris, La Découverte, 2003, pp. 112-124.
[24] La racionalidad a la que me refiero es la instrumental, aquella que obedece al establecimiento de medios coherentes con los fines que se persiguen.
[25] D. Fassin, L’espace politique de la santé, PUF, Paris, 1996, p. 200.
[26] Ibíd., p. 205.
[27] R. Calvo Sagardoy, Anorexia y bulimia. Guía para padres y educadores, Barcelona, Planeta, 2002, pp. 42-56. Véase una descripción similar en M. Cervera, Riesgo y prevención de la anorexia y la bulimia, Barcelona, Martínez Roca, 1996, pp. 44, 48.
[28] H. Bruch, “Four decades of eating disorders: winning the war without having to the battle”, citado por R. Gordon, Anorexia y bulimia. Anatomía de una epidemia social, Barcelona, Ariel, 1994, p. 205.
[29] M. Corcos, Le corps absent. Approche psychosomatique des troubles des conduits alimentaires, Paris, Dunod, 2000, p. 39. El libro procede de una tesis de doctorado dirigida por Pierre Fedida y laureada con el premio Jean Trémoillières 1999. Véase otro ejemplo en E. D. Bleichmar, “Construcción corporal del cuerpo femenino. La crisis adolescente como factor de riesgo de los trastornos de alimentación”, I. Martínez Benlloch (coord.), Género, desarrollo psicosocial y trastornos de la imagen corporal, op. cit., pp. 74-75.
[30] A .de Waelhens, La philosophie de Martin Heidegger, Louvain, Nauwelerts, 1971, p. 128. Sobre los implícitos sociales de este esquema heideggeriano véase P. Bourdieu, L’ ontologie polítique de Martín Heidegger, Paris, Minuit, 1988, pp. 99-100.
[31] E. Goffman, Stigmate. Les usages sociaux des handicaps, Paris, Minuit, 1975, p. 38.
[32] Esta capacidad para manipular las identidades es resultado del aprendizaje que realizan las personas ingresadas en instituciones para desenvolverse en condiciones de exhibición permanente. Véase E. Goffman, “La carrera moral del enfermo mental”, op. cit., pp. 167-172.
[33] B. Lahire, L’homme pluriel. Les ressorts de l’action, Paris, Nathan, 1998, p. 111.
[34] H. Becker, Outsiders, op. cit., p. 61. Ciertamente, esta autojustificación racionalizadora está cargada de buenas razones en multitud de ocasiones. Entrar en tal cuestión no es el objetivo de este trabajo. En general, simpatizo con quienes señalan que la construcción de identidades puede tener un efecto emancipador si no se obvia su no menos posible efecto elitista -con el consiguiente narcisismo de clase-. Véase D. Eribon, Una moral de lo minoritario. Variaciones sobre un tema de Genet, Barcelona, Anagrama, 2004, p. 161.
[35] N. Wolf escribía que la anorexia eligió a los mejores de la nación y a los más brillantes. No es la peor compañía en la que a uno le gustaría encontrarse. N. Wolf, El mito de la belleza, Barcelona, Emecé, 1991, p. 231.
[36] Sobre la “estigmafilia” véase E. Goffman, Stigmate, op. cit., p. 44.
[37] Únicamente después de la entrevista pude preguntar a Ellen precisiones sociológicas mínimas sobre su familia.
[38] Un día me concedió que era posible que mis estudiantes de trabajo social –que en su discurso funcionaban como una emblema de lo socialmente inferior y culturalmente vulgar- pudieran caer en la anorexia por los modelos de belleza, pero que ese no era su caso.
[39] En general, todos los acercamientos que se consideran “profundos” descartan por banal la tesis de la influencia de los modelos de belleza. Un psicoanalista –cercano a las ciencias sociales-reputado en Francia escribía: “Como existe un largo acuerdo en atribuir a la anoréxica una angustia ante el riesgo de ser una mujer sexualmente atractivo, no se ve en qué este sentimiento podría motivar el deseo de conformarse a los cánones de la seducción erótica”. J. Maître, Anorexie religieuse anorexie mentale, Paris, Cerf, 2000, p. 25. Guiado por esta manera de plantear el problema –pero sospechando de la respuesta rápida que se le daba- introduje en mis entrevistas la relación entre prácticas corporales desviantes y búsqueda de la belleza y de la feminidad. Obtuve resultados heterogéneos y diferentes –incluso entre las anoréxicas... porque se ha visto como las bulímicas son ha menudo categorizadas de “promiscuas”- a los que cabría esperar si la tesis del “miedo a la feminidad” fuera correcta. Por lo demás, la belleza no tiene una única definición independiente de los contextos sociales. De hecho, podría introducirse la anorexia en la estela de un venerable modelo de belleza maldita: “La bella malsana y el deseo que se le asocia obsesionan todas las épocas de la cultura. Probablemente tuvo su apogeo en el siglo XIX aunque esta estética de un cuerpo enfermo –o por lo menos malsano- se prolonga hoy en numerosos dominios de la cultura, artes plásticas y el cine y muy especialmente en la moda. Se inscribe, como lo ha hecho siempre, a contrapelo del modelo dominante. [...] La bella loca, si es menos contagiosa que la bella malsana no es menos deseable. Un buen ejemplo de este vínculo entre desequilibrio nervioso y estado físico estetizado se encuentra en la anorexia, enfermedad femenina típicamente contemporánea de la que podemos encontrar, con intervalos regulares, múltiples expresiones sublimadas en la estética de la fotografía de moda, asemejándose a la belleza sufriente evocada más arriba. La anorexia es igualmente ejemplar de la manera en que nuestra época liga una expresión trastornada de la belleza a un desequilibrio, fisiológico tanto como nervioso, por lo demás unido como la melancolía a la inteligencia”. B. Remaury, Le beau sexe faible. Les images du corps féminin entre cosmétique et santé, Paris, Grasset, 2000, pp. 67, 71. Creo que para comprender la intensidad de este debate y la violencia que la discusión adquiere en ocasiones, debe tomarse en cuenta que una de las formas de descalificación de la anorexia es la de considerarla una expresión de la sempiterna frivolidad femenina. Las virtudes de los dominados –como la de la belleza femenina o la fuerza proletaria- son esencialmente ambiguas y fácilmente se transforman de objeto de admiración en cualidad denigratoria. Véase P. Bourdieu, El sentido práctico, Madrid, Taurus, 1991, p. 120.
[40] P. Bourdieu, Esquisse d’une théorie de la pratique, Paris, Minuit, 2000, pp. 288-289.
[41] Sobre esta cuestión véase J. L. Moreno Pestaña, “Cuerpo, género y clase en Pierre Bourdieu”, L. E. Alonso, E. Martín Criado, J. L. Moreno Pestaña, Pierre Bourdieu: las herramientas del sociólogo, Madrid, Fundamentos, 2004.
[42] P. Bourdieu, El sentido práctico, op. cit., p. 242.
[43] Véase P. Bourdieu, Esquisse d’une théorie de la pratique, op. cit., p. 330.
[44] Ellen no es la única persona que conozco que sitúa los abusos sexuales en el corazón de los trastornos alimentarios. Esta idea comienza a abrirse camino entre los profesionales que se ocupan de la anorexia y la bulimia en España. Ian Hacking mostró cómo los abusos sexuales se convirtieron en EE.UU. en la clave explicativa de la “personalidad múltiple”. La inquietud sobre el abuso sexual ha sido sostenida en EE.UU. por la confluencia coyuntural entre los defensores de la familia tradicional y la crítica feminista a la violencia masculina en el ámbito privado. Está por demostrar que los abusos sexuales o la relaciones sexuales con niños trastornen definitivamente la vida de los individuos que padecieron tales experiencias. I. Hacking, L’âme réécrite. Étude sur la personnalité multiple et les sciences de la mémoire, Paris, Synthélabo, 1998, pp. 104-106.
[45] Gema, “Mi cuerpo era mi obra de arte”, El Semanal, 10 setiembre 2000. Parece que el reportaje era falso y había sido pirateado de una obra publicada en Alemania. Agradezco a Astrid Suess esta información.
[46] La autora se refiere a “diversos estudios en internados de élite en EE.UU.” pero para no desentonar con la flojera argumentativa de su artículo –y del conjunto del libro- no da las referencias. P. Gómez, “Anorexia. Una perspectiva feminista”, Piel que habla. Viaje a través de los cuerpos femeninos, Barcelona, Icaria, 2001, p. 107.
[47] En mi opinión, este discurso –surgido de una matriz discursiva extendida socialmente- se comenta solo: en él se acumulan a la vez los prestigios de las competencias –belleza corporal, éxito académico- socialmente consagradas –enunciados con una buena conciencia pasmosa- y de la fronda rebelde –sin la cual no hay distinción de la “masa”-. Véase M. Darmon, Devenir anorexique, op. cit., pp. 285-295.
[48] Esta morbidez forma parte del “duro aprendizaje de ser genial”, por utilizar los términos de Pierre Greco. Véase P. Bourdieu, “Epreuve scolaire et consécration sociales. Les classes préparatoires aux grandes écoles”, Actes de la recherche en sciences sociales, nº 38, 1981, p. 53.

Wednesday, May 10, 2006

"Anorexie" et "Habitus"


Le récent (et excelent...) Dictionnaire du corps dans les sciences humaines et sociales (Bernard Andrieu, dir, éd. du CNRS, 2006) publie deux entrées (« Anorexie » et « Habitus ») signées par un nom qui rassemble à mon nom. C’est bien moi. En plus, les versions publiées ne sont pas les dernières versions que j’ai envoyé…
Voici les deux entrées pour les intéressés…


Anorexie/Boulimie

L’anorexie est considérée comme le rejet à maintenir un poids normal. Pour cela les personnes utilisent différentes techniques du contrôle du corps. La boulimie est caractérisée comme l’alternance des conduites de voracité et des conduites de restriction alimentaire (jeûne, vomissement, médicaments purgatifs, exercice physique, etc.)
L’anorexie et la boulimie sont incluses comme troubles de la conduite alimentaire dans les catalogues des maladies mentales. Le DSM-IV établit deux sous-types d’anorexie : anorexie restrictive où la perte de poids est le résultat de l’autocontrôle corporel sans recours aux vomissements et l’anorexie purgative où la perte de poids ne se produit pas sans le recours aux gavages et aux techniques purgatives et, en tout cas, aux techniques purgatives –si le gavage ne se produit pas: ainsi, la technique purgative peut succéder à des ingestions minimales de nourriture. Dans ce qui concerne la boulimie, le DSM-IV établit aussi un sous-type purgatif (avec l’utilisation des vomissements et médicaments) et un sous-type non purgatif où les restrictions alimentaires ne s’accompagnent pas de vomissements.

Histoire du diagnostique

La codification médicale de l’anorexie se produit au dix-neuvième siècle à travers des travaux parallèles du médecin français Ernest Charles Lasègue et du médecin anglais William W. Gull. Lasègue publie son travail « De l’anorexie hystérique » dans les Archives Générales de Médecine en 1873. La même année Gull lisait une communication à la réunion de la Clinical Society (publiée dans Transactions of the Clinical Society, 1874).
En 1903 P. Janet décrit divers cas de boulimie mais il faut attendre à 1979 pour avoir une description du syndrome dans le travail du psychiatre anglais Gerald Russell. Dans l’histoire des approches cliniques de l’anorexie et la boulimie, le livre du psychiatre d’inspiration psychanalytique Hilde Bruch Eating disorders (1973) est considéré comme capital.

Chantiers des débats en sciences humaines

Il est possible d’établir quatre types d’approches sur les troubles alimentaires dans les sciences humaines : une approche psychiatrique et psychologique, une approche historique, une approche philosophique et une approche sociologique.
Les approches psychiatriques et psychologiques sont les plus dominantes dans ce qui concerne les troubles alimentaires. Il y a deux pôles de recherche : un pôle qui poursuit dans la recherche fondamentale les racines biologiques de l’anorexie et de la boulimie et un autre pôle qui considère l’anorexie et la boulimie comme une réponse individuelle aux influences des nouvelles exigences de réussite corporelle présentes dans notre civilisation. Dans ce dernier sens on a parlé des troubles alimentaires comme d’une « maladie ethnique » en référence à des cadres pathologiques –d’après Georges Devereux- qui n’ont que peu de différences avec la normalité socialement dominante (Gordon, 1990, Toro, 1996).
Les approches historiques se sont divisées (grosso modo) en deux positions : celles qui établissent une continuité entre les jeûneuses du moyen age et l’anorexie actuelle (Bell, 1994) et celles qui considèrent qu’on est confronté à des formes de construction d’une expérience déviant sans continuité (Bynum, 1987, Brumberg, 1988).
Les approches philosophiques étudient l’anorexie et la boulimie comme des formes d’expérience fondamentales pour dégager des leçons sur les conditions globales de notre monde. De ce fait, Giddens (1995) considère l’anorexie comme symbole des nouvelles angoisses de notre monde libéré des traditions, certaines approches féministes la louangent comme métaphore de la résistance à la sexualisation des femmes ou la critiquent comme l’effet du croissant contrôle du biopouvoir sur la vie des femmes (Turner, 1984, Malson, 1998).
Les approches sociologiques tentent d’établir les pratiques d’anorexie et de boulimie au travers d’un recensement des pratiques d’autocontrôle, de l’étude du système qui forment ces pratiques et d’une analyse des conditions sociales de possibilité de ces pratiques. Ainsi Darmon a étudié -avec la notion développée par l’Ecole de Chicago de carrière déviante- les phases de construction du parcours anorexique. De plus, Darmon dessine les conditions sociales de possibilité de cette carrière déviante en utilisant les outils sociologiques sur le corps et les classes sociales proposés par Bourdieu dans La Distinction.

Bibliographie

R. M. BELL, 1994, L’Anorexie Sainte. Jeûne et mysticisme du Moyen Age à nos jours, Paris, PUF [1985].
H. BRUCH, 1973, Eating Disorders: Obesity, Anorexia Nervosa and the Person Within, New York, Basic Books.
J. J. BRUMBERG, 1988, Fasting Girls. The History of Anorexia Nervosa, Cambridge, Harvard University Press.
C. W. BYNUM, 1987, Holy Feast and Holy Fast. The Religious Significance of Food to Medieval Woman, Berkeley, University of California Press.
M. DARMON, 2003, Devenir anorexique. Une approche sociologique de l’anorexie, Paris, La Découverte.
A. GIDDENS, 1991, Modernity and Self-Identity: Self and Society in the Late Modern Age, Palo Alto, California, Stanford University Press.
R. A., GORDON, 1990, Anorexia and Bulimia: Anatomy of a Social Epydemic, Oxford, Blackwell.
H. MALSON, 1998, The Thin Woman. Feminism, Post-structuralism and the Social Psychology of Anorexia Nervosa, London and New York, Routledge.
J. TORO, 1996, El cuerpo como delito. Anorexia, bulimia, cultura y sociedad, Barcelona, Ariel.
B. S. TURNER, 1984, The Body and Society. Explorations in Social Theory, London, Sage.
W. VANDEREYCKEN, R. VAN DETH, 1994, From Fasting Saints to Anorexic Girls: The History of Self-Starvation, London, The Athlone Press.




Habitus

Conditionnements liés à une classe des conditions d’existence qui organisent pratiquement l’action d’un agent. Cette organisation pratique de l’action ne suppose pas la maîtrise consciente des principes qui la conduisent.

Le concept d’habitus est associé à la pensée et à la pratique sociologique de Pierre Bourdieu. Bourdieu a utilisé une notion de la culture philosophique où il s’est formé pour lui donner de l’articulation théorique et de la puissance d’interrogation empirique.

L’habitus comme corps socialisé

L’habitus est le résultat de l’intériorisation des conditions objectives de socialisation de l’individu. Cette intériorisation produit une matrice incorporée de perception, jugement et action. Ainsi, l’espace social collectif –à travers la pédagogie sourde et non explicite des techniques du corps et des outils- s’inscrit dans le corps et donne des formes aux sensations des individus. Ces sensations introduisent une propension affective déterminée. Bourdieu nomme hexis corporelle cette sorte de dimension intime de l’habitus.

L’habitus comme schèmes d’organisation du monde

Les dispositions incorporées structurent des schèmes d’organisation du monde. Cette organisation prend la forme d’un système d’oppositions qui différencient le monde : le masculine versus le féminin, le haut versus le bas, le distinguée versus le vulgaire… Ces oppositions n’organisent pas la réalité à travers une différenciation logique graduée et irréversible. Dans le commerce quotidien avec le monde, les oppositions qui résultent du monde incorporé, s’activent toujours d’une manière spécifique à chaque situation concrète. À la fois, chaque élément de la réalité peut être divisé de manière interne en un lieu masculin et un lieu féminin, en un lieu distingué et un lieu vulgaire...

Les espaces où fonctionnent les schèmes

Bourdieu analyse le fonctionnement des schémas de l’habitus dans deux types d’espaces. La genèse de l’habitus commence dans l’espace domestique. Un des plus beaux textes de Bourdieu –celui dédiée à la maison kabyle- montre comment la division sexuelle de l’espace structure l’espace domestique et l’organisation des outils. Ainsi, au fur et à mesure qu’il se conduit dans l’espace domestique, le corps humain acquiert un lieu dans la division sexuelle et sociale du travail. Le deuxième espace est celui constitué par les champs. Les champs sont hiérarchisés –chaque champ de manière interne et les différents champs entre eux- selon les principes de la division sociale et sexuelle du travail. Ainsi, il y a des champs féminisés ou des champs qui semblent être un destin naturel pour les individus qui viennent des certaines fractions de classe. C’est pourquoi se produisent les connexions entre les différentes parties de l’espace social –constitués par les champs- et les divisions produites dans le monde domestique. Les vocations des individus ne sont que la manière dont les dispositions corporelles adhèrent aux hiérarchies de l’espace social global et aux espaces sociaux spécifiques matérialisés dans chaque champ.

L’habitus comme patrimoine individuel

Bourdieu ne pense pas le corps socialisé comme un corps standardisé. L’incorporation du monde social et son actualisation dans l’agir pratique produit un certain trait de singularité et de style propre à chaque agent. Les individus introduits par le sociologue dans une classe logique –le genre, la classe social- ne sont pas équivalents. Chaque individu empirique, situé dans une position sociale spécifique, traverse son espace de possibles de manière singulière.

Permanence et changement des dispositions de l’habitus

Les dispositions qui configurent l’habitus sont le résultat de l’exposition réitérée à un ensemble des conditions d’existence. Etant donné que le monde social est socialement hiérarchisé et segmenté, chacune des places occupées dans le monde est définie par une constellation de propriétés : ces propriétés sont le résultat de la distribution inégale du capital économique, culturel et social. Ces propriétés demeurent dans les individus au-delà de l’espace géographique ou social où ils les ont acquises et incorporées. Cette incorporation est en rapport avec la durée et l’intensité de l’exposition des individus au monde. Donc, les formes de cristallisation de l’habitus sont rarement identiques pour des individus qui ont occupé une même position. De plus, les mouvements dans la trajectoire sociale d’un individu peuvent l’obliger à corriger et à réviser les dispositions qui conforment son habitus. Les individus sont confrontés à des situations qui peuvent rendre impossible l’expression de leurs tendances sociales les plus intimes et les obliger à la modification ou la mise en veille d’un habitus socialement non praticable.

Bibliographie

P. BOURDIEU, 1980, Le Sens pratique, Paris, Minuit.
P. BOURDIEU, 1997, Méditations pascaliennes, Paris, Seuil.
C. CHAUVIRÉ, O. FONTAINE, 2003, Le Vocabulaire de Bourdieu, Paris, Ellipses.
F. HERAN, 1987, La seconde nature de l’habitus. Tradition philosophique et sens commun dans le langage sociologique, Revue française de sociologie, XVIII, 1987, p. 385-416.
B. LAHIRE (coord.), 2001, Le Travail sociologique de Pierre Bourdieu. Dettes et critiques, Paris, La Découverte.
G. MAUGER, 2004, Champ, habitus et capital, P. CORCUFF Ed., Pierre Bourdieu : les champs de la critique, Paris, Bibliothèque Centre Pompidou.
J. L. MORENO PESTAÑA, 2004, Cuerpo, género y clase en Pierre Bourdieu, L. E. ALONSO, E. MARTIN CRIADO, J. L. MORENO PESTAÑA Eds., Pierre Bourdieu : las herramientas del sociólogo, Madrid, Fundamentos.
L. PINTO, 1998, Pierre Bourdieu et la théorie du monde social, Paris, Albin-Michel.
H. SUNG-MIN, 1999, Habitus, corps, domination. Sur certains présupposés philosophiques de la sociologie de Pierre Bourdieu, Paris, L’Harmattan.